
NORWALK.- Johanna Vásquez, de 19 años, y su bebé de 4 meses terminaron en la Malta House en esta ciudad como resultado de una relación abusiva.
El novio de Vásquez la golpeó, porque estaba en casa sin trabajo y “estaba estresado”, de acuerdo con Vásquez.
En Hartford, Bridget Puntiel, una joven, viaja principalmente en los autobuses día y noche para mantenerse a salvo.
“Estoy en la calle porque los refugios están inundados de gente”, declaró
Por su parte, Samiah Nikole, de 16 años, pensó que tenía un lugar donde vivir, hasta que tuvo que buscar otro sitio debido al asma de la madre de su novio.
Aunque sus circunstancias son variadas, estas tres jóvenes tienen un denominador común: la pandemia de coronavirus.
Una nueva encuesta estatal realizada por el Youth & Young Adult Taskforce de la Reaching Home Campaign encontró que el 100% de los 25 encuestados que experimentaron indigencia o inestabilidad en la vivienda informaron un empeoramiento de su situación después de la pandemia.
Los jóvenes, todos menores de 25 años, eran un 72% de origen afroamericano, un 20% de origen hispano, latino o español y un 28% de personas blancas.
Algo más del 50% experimentó el desalojo o está en riesgo de ser desalojado, y el 40% experimentó violencia familiar o abuso físico.
“Estos datos son un tema importante para iniciar una conversación para reconocer cómo la pandemia está afectando a los adolescentes y jóvenes adultos que se encuentran sin hogar”, señaló Stacey Violante Cote, directora de operaciones de Homeless Youth Advocacy Project y Center for Children’s Advocacy, y jefa del Youth & Young Adult Taskforce de la Reaching Home Campaign.
“Lo que nos dice esta pequeña encuesta es que COVID-19 ha empeorado su ya frágil e insegura situación”, agregó Cote.
En general, Connecticut experimentó una disminución del 4% en el número de personas sin hogar desde 2019 hasta el recuento del 22 de enero de este año por parte de la Connecticut Coalition to End Homelessness (CCEH).
Las cifras han disminuido un 35% desde 2007.
La encuesta encontró que el 20% de las personas sin hogar eran menores de 18 años y el 7% tenían entre 18 y 24 años.
Según la CCEH, 2 mil 9 personas se alojaban en refugios a principios de marzo.
De ese número, 134 tenían más de 62 años, 183 eran familias con 346 hijos y 48 eran jóvenes no acompañados.
Ahora, la pérdida de puestos de trabajo debido a COVID-19, los incidentes de violencia doméstica entre los jóvenes y los riesgos de transmisión de virus asociados con la vivienda intergeneracional, están agravando la crisis de la vivienda para adolescentes y jóvenes.
Un rompecabezas difícil
El novio de Vásquez perdió su trabajo como ayudante de camarero en un restaurante. El encierro lo llevó a “estar más en casa, pelear más y golpear más”, relató Vásquez, quien abandonó la escuela secundaria y no tenía empleo.
“No tenía a dónde ir, así que llamé a una línea de ayuda para casos de violencia doméstica en Norwalk”, agregó la joven.
La madre y el bebé fueron sacados inmediatamente de su hogar multifamiliar.
“Somos uno de los dos únicos programas de vida en congregación que continúan aceptando nuevas madres y otros necesitados en general durante la pandemia. “La mayoría de los refugios están trabajando hacia la descompresión y el nombre del juego parece ser el menor número posible de cuerpos bajo un mismo techo. Nuestra lista de espera es larga”, comentó Carey Dougherty, directora ejecutiva de la Malta House.
La situación de Vásquez no es única. En Meriden-Wallingford Chrysalis, un refugio para víctimas de violencia doméstica, el COVID-19 ha resultado en un crecimiento del 10% en la demanda de servicios.
Bridget Puntiel se quedó sin hogar después de perder su trabajo por horas como mesera y camarera debido al COVID-19, y estaba esperando que se procesaran sus reclamos de desempleo. Además, “mi novio y yo no nos llevábamos bien y él quería que me fuera de casa”, explicó.
Puntiel se encuentra entre los 160 mil empleados de servicios de alimentos en Connecticut que se enfrentan a despidos o reducción de horas de trabajo. Intensificando la lucha, similar al 78% de sus colegas en la industria, vivió de cheque en cheque incluso antes de que el coronavirus azotara el sector de los restaurantes.
Esto hace que alquilar en el Estado sea una quimera. Según la National Low Income Coalition, un inquilino en Connecticut debe ganar 52 mil 837 dólares por hogar por año para poder alquilar una casa de dos dormitorios a un precio justo de mercado.
El 31 por ciento de los hogares arrendatarios eran de bajos ingresos mucho antes de la pandemia. De eso, el 64% pertenecía a la categoría de ingresos extremadamente bajos y corría un mayor riesgo de desalojo. Ahora, la moratoria sobre el alquiler está programada para finalizar el 25 de agosto.
La vivienda intergeneracional es otra barrera para los jóvenes.
