
La incapacidad de los departamentos de salud en todo el país de investigar los brotes de coronavirus entre la gente que no habla inglés es tanto más trágica dadas las altísimas cifras de contagio en las comunidades latinas de muchos estados
Redacción EL SOL News
STAMFORD.- Apenas un puñado de los rastreadores de contactos que colaboran para contener el coronavirus en varias ciudades de los Estados Unidos, en estados como Illinois, California, Texas, Nueva York y Connecticut, hablan español.
Las iglesias y los grupos defensores de inmigrantes en dichos estados tratan de convencer a los inmigrantes que respondan a los llamados de las autoridades sanitarias.
En California y Nueva York, capacitan a los inmigrantes para rastrear contactos como forma de mitigar la desconfianza, sin embargo, dicha labor ha estado ralentizada en los últimos meses.
La tarea crucial de llegar a la gente que da positivo al coronavirus y aquellos con los que han entrado en contacto resulta excepcionalmente difícil en las comunidades de inmigrantes debido a la barrera del idioma, la confusión y el miedo al gobierno.
La incapacidad de los departamentos de salud en todo el país de investigar los brotes de coronavirus entre la gente que no habla inglés es tanto más trágica dadas las altísimas cifras de contagio en las comunidades latinas de muchos estados.
Cuatro de los estados más afectados como Florida, Texas, Arizona y California— tienen grandes poblaciones hispanoparlantes.
En Nueva York y Connecticut el virus ha sido controlado, sin embargo, al contar con un limitado rastreador de contactos en la comunidad inmigrante el temor a que los casos aumenten sigue latente.
En la zona postal de mayor cantidad de casos de COVID-19 en Maryland, el 56% de los adultos hablan español. Pero apenas 60 de los mil 350 rastreadores de contactos en Maryland hablan el idioma.
Por su parte, Minneapolis necesita rastreadores que hablen el somalí, el oromo de los etíopes y el hmong del sureste asiático. Chicago necesita gente que hable polaco, y el condado de Harris, Texas, que incluye Houston, tiene poblaciones que hablan vietnamita, chino e hindi.
Pero aun cuando logran superar la barrera del idioma, se debe lidiar con la profunda desconfianza que despierta en los inmigrantes la llamada de un funcionario del gobierno para preguntar sobre sus desplazamientos en una época de dura represión antiinmigrante bajo el gobierno del presidente Donald Trump.
“No debería sorprender a nadie que la gente tenga miedo de tomar una llamada telefónica”, declaró el doctor Kiran Joshi, principal funcionario médico del Departamento de Salud Pública del condado de Cook, que atiende a 2.4 millones de personas en las afueras de Chicago.
Para agravar aún más las dificultades, está la demora en obtener los resultados de los tests, habitualmente de más de una semana.
El país registra en promedio más de 60 mil casos diarios, lo cual excede la capacidad de muchos laboratorios.
Abunda desinformación en comunidades hispanas
Claudia Guzmán, una inmigrante, empezó a sospechar que había contraído el coronavirus. Sus amigos y familiares la llenaban de recomendaciones: No te encierres. No te hagas pruebas. Un tecito casero te ayudará a curarte.
“Me decían que no fuese a un hospital porque si eres admitida te inyectan el virus en tu cuerpo”, expresó Guzmán, hija de mexicanos nacida en Chicago y que ahora vive en Memphis, Tennessee.
Las afirmaciones falsas y las teorías conspirativas que abarcan desde curas ficticias hasta la noción de que el virus es un invento, han complicado los esfuerzos por contener la pandemia desde un primer momento.
Si bien la mala información es un problema para todos, plantea una amenaza particular en las comunidades minoritarias que son las más golpeadas por el virus.
La desinformación encuentra terreno fértil entre los hispanos, que tienden a desconfiar del gobierno, no tienen tanto acceso a la atención médica y necesitan que las autoridades de salud pública les hablen en español, lo que no siempre es posible.
De acuerdo con los defensores, es una combinación peligrosa que puede desalentar a la gente y hacer que no tome precauciones, que no participe en los esfuerzos para rastrear los contactos y no reciba tratamiento.
“No hay demasiada información basada en las pruebas concretas en español. Y esta es una enfermedad nueva. La ciencia evoluciona todos los días. Si ya nos cuesta ofrecer buena información en inglés, imagínese agregar otro idioma”, manifestó William Calo, investigador de la Universidad Estatal de Pensilvania que estudia a los hispanos y la salud pública.
Hay 60 millones de hispanos en los Estados Unidos, que tienen cuatro veces más posibilidades que los blancos no hispanos de ser hospitalizados por el COVID-19, según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC).
Otros estudios indican que los hispanos de ciertas regiones tienen el doble de probabilidades de morir por esta enfermedad. Lo mismo se puede decir de los descendientes de los pueblos originarios y de los afroamericanos.
Estas vulnerabilidades responden a varias causas. Entre ellas el hecho de que muchos hispanos no tienen seguro médico o acceso a atención médica de calidad, a veces porque no pueden pagarla y otras por su status inmigratorio.
Muchos trabajan en sectores considerados indispensables y que requieren la presencia física del empleado, como servicios de comidas, limpieza, procesamiento de carnes, la construcción y los comercios.
Y a menudo viven con familiares de varias generaciones y en casas grandes, donde es difícil mantener el distanciamiento social.
A esto se suma la gran desconfianza de los hispanos y de otras minorías en las autoridades, que contribuye a la propagación de información falsa sobre el virus.
“Si escucho algo del gobierno, de gente en la que, por una serie de razones, no confío, no voy a hacer nada de lo que me dicen”, expresó Mónica Feliú-Mójer, una neurobióloga puertorriqueña que estudió en Harvard y que alienta a otros hispanos a que estudien carreras científicas.
“Pero escucho algo de un amigo, en quien sí confío, y es mucho más probable que le haga caso’”, agregó Feliú-Mójer.
Para muchos, la reticencia a hacerse pruebas o a buscar tratamiento deriva del miedo a ser deportados en una comunidad con una importante cantidad de extranjeros.
Este temor se intensificó bajo el gobierno de Donald Trump, según el senador estatal de Nueva York, Gustavo Rivera, un demócrata que representa un distrito mayormente hispano de El Bronx.
Trump prometió combatir la inmigración tanto ilegal como legal y en numerosas ocasiones ha dicho que los inmigrantes, sobre todo los de minorías, representan una amenaza para la salud pública y la seguridad.
Se dispara presencia de indocumentados en EEUU
Pero si las limitaciones para rastrear a los inmigrantes que han contraído el COVID-19 es un problema grave, otra dificultad que enfrentan las autoridades es el aumento de la inmigración indocumentada a lo largo de la frontera sudoeste de los Estados Unidos, la cual se ha disparado después de un periodo de estancamiento.
Las dificultades económicas, empeoradas por la pandemia, han impulsado a miles de personas a desplazarse rumbo al norte en busca de trabajo.
De acuerdo con el Gobierno de los Estados Unidos, después de desplomarse en la primavera, cuando los países entraron en confinamiento y cerraron las fronteras en un esfuerzo por frenar la propagación del virus, el número de migrantes arrestados a lo largo de la frontera de los Estados Unidos con México aumentó más del doble de abril a julio.
“Pese a los peligros planteados por el COVID-19, la inmigración ilegal continúa”, señaló Mark Morgan, el comisionado interino de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza.
A pesar de lo anterior, las cifras actuales aún están muy por debajo del pico de la crisis migratoria en 2019, así como de los niveles récords establecidos en las décadas de 1980, 1990 y 2000, cuando los recuentos anuales de los inmigrantes detenidos en la frontera suroeste con frecuencia superaron el millón.
Muchos revelaron que se han visto inspirados a intentar inmigrar ahora debido a una nueva política del gobierno del presidente Donald Trump que, en caso de ser capturados, los devuelve a México rápidamente, a menudo a las pocas horas de ser arrestados, pero tiene el efecto no deseado de darles más oportunidades de cruzar la frontera de manera ilegal.
